En los últimos años, la decolonización de la cooperación internacional ha ganado protagonismo en los debates y se ha convertido en una prioridad para algunas organizaciones. En este contexto, hay voces que interpelan más profundamente que otras. Aunque se ha sido repetido en varias ocasiones, es crucial reconocer de dónde viene la propuesta de la decolonialidad y evitar diluirla con significados que no apunten a cambios sistémicos, tal como ha sucedido con otras propuestas emergidas desde los feminismos.

La semana pasada participé en una serie de reflexiones junto a The Sherwood Way, donde durante tres días revisitamos el recorrido iniciado hace poco más de dos años. Juntas y juntos construimos una memoria colectiva desde una perspectiva autocrítica, celebrando los logros y reconociendo los desafíos. También nos permitimos soñar con algunas utopías sobre la cooperación que necesitamos en nuestros sures, para hacer frente a un mundo cada vez más indiferente ante las injusticias del poder.

A partir de estas utopías, imaginamos caminos diversos: algunos más cortos, otros más largos y complejos, pero todos con el potencial de generar compromisos y prácticas coherentes con los grandes desafíos que enfrentamos. Ahora, es el turno de quienes impulsan esta Red llevar estas reflexiones a las instancias que se han organizado en torno a este Proyecto, para seguir co-construyendo desde América Latina.

Algo que quiero destacar es que estas conversaciones se entrelazaron con nuestras experiencias personales y profesionales, ya sea trabajando en ONGs internacionales o locales, o desde nuestras identidades como feministas y activistas de movimientos sociales. Me emociona ver que cada vez más personas se comprometen seriamente, formando lo que puede llegar a ser un movimiento poderoso, impulsado desde el Sur global.

Quiero aprovechar este momento para compartir algunas reflexiones. La decolonialidad implica un desafío profundo a los abusos de poder y a las relaciones desiguales e injustas, cargadas de racismo, machismo, clasismo y sexismo. También exige una confrontación con el pensamiento y las prácticas extractivistas, así como con la idea de que la «salvación» proviene del Norte o de aquellos que se perciben como más poderosos.

Existe el temor legítimo de que las propuestas transgresoras sobre la decolonialidad se conviertan en «modas», como hemos visto con otras apuestas en el pasado. Desde diversos feminismos, se ha señalado que la cooperación ha secuestrado luchas políticas, transformándolas en «temas» o «enfoques», alejándolas de su sentido original. Esto conlleva el riesgo de que muchas organizaciones afirmen estar transformándose sin realizar cambios profundos.

Si bien no todas las ONGs internacionales perpetúan prácticas coloniales, es innegable que las más grandes deben asumir una mayor responsabilidad. No obstante, la interpelación debe dirigirse no solo a ellas, sino también al ecosistema completo de la cooperación internacional, incluidas las agencias multilaterales y bilaterales. Estas agencias, debido a su poder, a menudo imponen agendas y prioridades, determinando con quiénes y dónde trabajar. Al mismo tiempo, las ONGs internacionales suelen ampliar mecanismos administrativos que complejiza el manejo de los fondos y excluyen a organizaciones locales más pequeñas o a colectivos sin personería jurídica o con menor capacidad administrativa.

La decolonización de la cooperación internacional no es solo un cambio de enfoque, sino un replanteamiento profundo de las relaciones de poder. Aspiramos a una cooperación internacional que sea una verdadera aliada, que acompañe en los momentos más críticos, que comparta riesgos, que flexibilice sus mecanismos de apoyo, que refuerce la cooperación Sur-Sur y que sean actores políticos en sus propios contextos.

 

*Damaris Ruiz es fundadora de Acápacá-Sherwood y Directora para Centroamérica de We Effect

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