Por: Rafael Henríquez García.
Cuando los acuerdos de paz y las transiciones democráticas en Latinoamérica parecían rendir los frutos de la estabilidad política, cuando los fantasmas de las guerras convencionales parecían conjurados en Europa y la cooperación priorizaba a África para reducir la migración hacia Europa, el tablero tiembla y ninguna ficha queda en su lugar.
El mundo, revuelto por los autoritarismos y las estafas políticas a la democracia, vive la mayor crisis de migración forzada en su historia y, esta vez, de manera simultánea en todos los continentes. Ya no se trata solamente de gente que huye de la guerra, sino de millones de personas desplazadas por Estados fallidos, por crisis políticas que en un parpadeo pasan a ser crisis humanitarias.
Los gobiernos y élites políticas en los países expulsores de gente no sólo han fracasado al enfrentar esas circunstancias, sino también provocan y exacerban dichas crisis. Pedir entonces, a gobiernos como los de Haití, Venezuela, México, Cuba y Nicaragua, que resuelvan las causas que empujan a sus gentes al exilio y la migración insegura, resulta una pérdida de tiempo, así como exigir a los países receptores que implementen mecanismos apegados a las normas básicas de derechos humanos ha sido en muchos casos, insuficiente. Pero, ante ese panorama, ¿está la cooperación internacional a la altura? Ante la gran intensidad y continuidad de esos flujos de migración forzada, la primera respuesta podría ser “no” y, en efecto, las respuestas que ha dado la cooperación en estos casos se puede decir, al menos, que han sido insuficientes y en ocasiones, inoportunas.
Y es que la mayoría de países donantes y programas de cooperación han seguido haciendo sus cosas a su ritmo y su estilo, sin considerar que el mundo que planificaron hace diez años (sus programas estratégicos y sus grandes decisiones sobre apertura y cierre de líneas de cooperación), ha cambiado drásticamente.
Un mundo con retos monumentales
En Latinoamérica, al menos ocho países han enfrentado grandes crisis políticas en la última década, acompañadas del resurgimiento de autoritarismos y de ofertas políticas “salvadoras” que terminan retorciendo mecanismos democráticos, para seguir en el poder. En África hubo siete golpes de Estado en los últimos tres años, con discursos nacionalistas y anticolonialistas, manipulados por las élites militares. Asia enfrenta un constante riesgo de guerras territoriales. En Europa, la invasión rusa a Ucrania y probables nuevos conflictos en la periferia de la Unión Europea, solo vaticinan nuevos horrores. Mientras tanto, la migración forzada continúa imparable y en aumento.
Ante estos retos monumentales, la comunidad donante y la cooperación deberían cuestionarse seriamente su sentido de pertinencia y efectividad. Tiene que reconsiderar decisiones tomadas cinco o diez años atrás, para responder a la realidad: flexibilizar sus programas en países con contextos de crisis, reabrir operaciones en países en que habían cerrado, considerando supuestos de estabilidad y crecimiento que ya no son reales y, sobre todo, fortalecer a actores locales que constituyen la primera línea de defensa de derechos humanos y protección de personas en países con crisis políticas imprevisibles. ¿Alguien pensó hace 10 años que Venezuela se convertiría en un desastre humanitario después de ser la mayor potencia petrolera de Suramérica? ¿Alguien pensó que Centro América volvería a conflictos similares a los vividos en los 80’s?
«La mayoría de países donantes y programas de cooperación han seguido haciendo sus cosas a su ritmo y su estilo, sin considerar que el mundo que planificaron hace diez años (sus programas estratégicos y sus grandes decisiones sobre apertura y cierre de líneas de cooperación), ha cambiado drásticamente».
– Rafael Henríquez García.
El porqué tiene sentido el cambio sistémico
Pensar en cambios de paradigmas, en cambios sistémicos en la cooperación, pasa por entender que ese tipo de conflictos, al igual que otras crisis humanitarias, afectan de manera desigual. Entender que las violaciones de derechos humanos se ensañan en sectores con menos poder como las mujeres, las comunidades indígenas y rurales, particularmente. Comprender que las respuestas se tienen que brindar desde esos sectores sociales organizados, más que desde instituciones incapaces y corruptas, que terminan malgastando fondos y canalizando una pequeña parte hacia quienes los necesitan.
Y al hablar del sentido de pertinencia y efectividad en esas respuestas, también nos referimos a entender las realidades que imponen las crisis políticas a las organizaciones y redes de sociedad civil. Muchas de ellas han pasado a operar en condiciones de clandestinidad o exilio, ante la imposibilidad de continuar haciéndolo en sus propios países por la represión o cancelación de sus registros legales. En muchos casos, se ha tenido que organizar acciones de carácter humanitario no tradicionales para apoyar a grupos exiliados o en tránsito, no contempladas en los manuales de respuesta a desastres naturales, con que algunas agencias quieren hacer calzar sus respuestas a las crisis políticas.
Se trata de entender que cada crisis tiene sus particularidades y que las respuestas de la cooperación no deben encasillarse en sus esquemas institucionales. Al contrario, ante todo, hay que adecuarlas a las realidades de las poblaciones afectadas. Aunque las crisis de Venezuela y Nicaragua han provocado el exilio y migración forzada de millones de personas, podemos asegurar que cada cual tiene sus propias características y sus propias formas de ser abordadas.
Abrirse y escuchar a los actores sociales
Sin duda hace falta mucho que aprender, pero el primer paso debería ser lograr la apertura de los países donantes y de la cooperación internacional, para escuchar y considerar las voces de las personas, comunidades y organizaciones involucradas en los contextos de crisis políticas o ambientales, que derivan con facilidad en crisis humanitarias.
Las organizaciones de derechos humanos, de mujeres, indígenas, juveniles y los colectivos de activistas políticos tienen mucho que decir y enseñar a la cooperación internacional, a la hora de diseñar, implementar y ajustar sus respuestas a este tipo de crisis, cada vez más frecuentes y amplias. Voces que, además, plantean propuestas y soluciones más allá de los efectos visibles. Ellas entienden que las soluciones de largo plazo pasan por cambiar las agotadas estructuras políticas, alcanzar mecanismos efectivos de corresponsabilidad de partidos, élites económicas y comunidad internacional para hacer responsables a los gobiernos causantes de las crisis y obligarlos a cumplir sus deberes de manera responsable y efectiva. Aunque eso implica convulsionar el statu quo y sería materia de otro artículo. Mientas tanto, la cooperación internacional debería reconsiderar sus actuales roles y formas de trabajo ante un mundo en convulsión, solamente así logrará estar a la altura.
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