📷 Encuentro Internacional IPC. Medellín, Colombia.
La semana pasada tuve el privilegio de estar en Medellín, invitado por la organización IPC, Instituto Popular de Capacitación, en un encuentro profundamente inspirador. Más de doscientas organizaciones de la ciudad se reunieron para reflexionar sobre geopolítica, sobre el complejo contexto actual y, especialmente, sobre el presente y el futuro de la cooperación internacional.
Desde el primer momento apareció con fuerza la tensión que hoy atraviesa a la cooperación: por un lado, la urgencia de transformar lo que queda del sistema actual; por otro, la necesidad igual de apremiante de encontrar alternativas ante los recortes que ya se están viviendo. En Medellín estos recortes han sido especialmente severos tras la disminución de la financiación de USAID, afectando a organizaciones que sostienen procesos de paz, reparación, defensa de la democracia y protección de derechos humanos.
Organizaciones cuyo trabajo, muchas veces silencioso, protege vidas en un contexto aún atravesado por el conflicto.
En medio de estas conversaciones, la Corporación Región y las palabras siempre lúcidas de Fernando Herrera aportaron un marco ético y político que ayudó a situar el debate. También Diego Carreño, de Terre des Hommes Suisse, interpeló con claridad el concepto mismo de “desarrollo”, recordándonos que debe ser revisado críticamente si queremos avanzar hacia modelos más justos y coherentes para la cooperación. A su vez, Lina María Luna Beltrán, desde la Universidad Externado de Colombia, nos introdujo en la complejidad de la cooperación Sur–Sur y en el creciente vínculo con China, una dimensión geopolítica que será imposible ignorar en los próximos años. En la misma línea, Carola Mejía, de Latindadd.
De esas conversaciones surgieron varias ideas que conviene subrayar. Una de ellas es la necesidad de recuperar un sentido profundo de la cooperación. Se dijo con contundencia que el objetivo de la cooperación no es “el desarrollo”, un concepto tan amplio que a menudo pierde significado.
El objetivo verdadero es la justicia social: cooperamos para transformar realidades de desigualdad, para ampliar derechos, para proteger vidas, para sostener procesos de cambio.
Otra idea clave fue la convicción de que las organizaciones de la sociedad civil deben ser reconocidas como un bien público global, de la misma manera que se financian la cultura, el deporte, la música o las fiestas populares. Si la sociedad civil es esencial para las democracias, entonces su sostenibilidad debe estar garantizada como parte del contrato social.
También apareció una reflexión dolorosa pero necesaria: si algunas organizaciones deben cerrar por falta de recursos, la causa —la justicia social— debe permanecer intacta. Hubo una enorme dignidad en esa afirmación. Y, junto a ello, emergió con fuerza la creatividad latinoamericana para construir alternativas de financiación y nuevas formas de cooperación, muchas de ellas ya en marcha en Medellín.
Elena Rey, del Fondo Lunaria, ofreció una mirada muy inspiradora sobre nuevos mecanismos feministas de financiación que ya están teniendo un impacto profundo y que representan una parte central del futuro del sector. En la misma línea de innovación destacó también la intervención de Nicole Montenegro, de Impactia, quien mostró con gran claridad las alternativas reales que existen para financiar organizaciones, desde nuevos fondos hasta herramientas de inteligencia sobre donantes y mecanismos alternativos de recaudación que muchas veces desconocemos. Todas estas intervenciones mostraron la potencia creativa y política que emerge desde la sociedad civil en la región.
Al finalizar el foro, quedó clara la voluntad de vincularse estrechamente con el Foro Permanente Latinoamericano para la Decolonización de la Cooperación, con el deseo de contribuir colectivamente a un nuevo paradigma para la cooperación internacional.
Un paradigma no solo necesario para imaginar alternativas en un escenario donde quizás desaparezca hasta el 50% de la cooperación tradicional, sino imprescindible para transformar el 50% que seguirá existiendo, y que deberá hacerlo desde una lógica realmente decolonial.
El Foro Permanente debe convertirse en el espacio capaz de canalizar toda esta riqueza de reflexiones en un momento especialmente angustioso para organizaciones que están sufriendo con dureza los recortes de la cooperación. Necesitamos transformar esta creatividad latinoamericana en acción colectiva, sumar muchas más organizaciones a las más de 350 que ya participan, y avanzar juntas hacia un nuevo paradigma de cooperación. Un paradigma que impulse alternativas reales, que incida en la transformación del sistema y que contemple la creación de un nuevo tribunal de cooperación que permita fiscalizar sus malas prácticas todavía existentes. Lo vamos a lograr. Esto es solo el comienzo, y los próximos cinco años serán decisivos.
Asier Hernando.
Co-Director de Acápacá.
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